Mentiras Institucionales

Posted on 26/03/2014

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“Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo,

 puedes engañar a alguien todo el tiempo,

pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”

(Abraham Lincoln)

      Sobre las personas y como manejan la verdad y la mentira existen gran cantidad de posiciones, no sé si tantas como personas, pero ciertamente muchas.

  Hay quienes se jactan de decir siempre la verdad, independientemente de que hieran, ofendan o generen antipatías para sí, en general dudo que una persona adulta cognitivamente competente y que viva en sociedad pueda ser completamente sincera cada vez que habla u opina. En el otro extremo están las personas que mienten frecuentemente sin ninguna culpa, sus mentiras son o aparentan ser espontaneas (las inventan en el aire, se dice de estos seres), quienes los conocen un poco en general no les creen, un chiste común es decir de ellos: “sólo dicen la verdad cuando se equivocan”.

     Otros y creo son la mayoría, dicen mentiras de vez en cuando para evitar lastimar a alguien o quedar públicamente como un tonto, ridículo u otra condición que en el momento se considere humillante o socialmente despreciable. Generalmente me ubico aquí, pero últimamente me he sentido identificado con aquellos que alegan: “Yo no digo mentiras, sólo oculto información”. Siento que decir una mentira me genera tanta ansiedad, que a pesar de mi cara de póker se me nota y prefiero no contestar o evadir la pregunta antes que mentir. La mentira para mí es un último recurso.

       Por otra parte, trato de permanecer alerta sobre las medias verdades que considero las más peligrosas, porque podemos tragarlas fácilmente sin ahogarnos. Estas funcionan más o menos así: Yo procuro información sobre un asunto A, la persona miente sobre ese asunto, si yo expreso incredulidad el mentiroso relaciona el asunto A con el asunto B, y ofrece pruebas irrefutables que demuestran el asunto B, pretendiendo que asumamos que como B es cierto A también lo es. Atención A es A y B es B, yo pregunté por A y no por B, B puede ser verdad pero no existen pruebas de que A lo sea.

      Las anteriores reflexiones vienen a cuenta de que la verdad y la mentira se tratan casi siempre de posiciones personales que debemos asumir en su momento, pero ¿qué pasa cuando la mentira no es personal sino colectiva? Cuando una institución nos pide que mintamos. Por mi relación con la mentira siempre detesté cuando buscaban a alguien en mi casa y el aludido me pedía que mintiera y dijera que no estaba o algo por el estilo. Pensaba: “Tanto que me cuesta decir mis propias mentiras y ahora debo decir las tuyas”, pero aunque se mienta por otro en este caso se trata de uno sólo que miente, no es comparable a la mentira colectiva.

     Es muy diferente cuando quienes forman parte de una institución y se ponen de acuerdo, para mentir públicamente en nombre de la entidad organizativa que representan. ¿Qué pasará por la mente de quienes están en esa posición? ¿Se sentirán más aliviados al compartir la culpa? Hoy fui testigo de una mentira institucional de una organización que estimo y con la cual me siento unido. Sé y entiendo sus razones para mentir. Detestaría estar en la posición de aquellos quienes en la puerta tuvieron que dar la cara por algo que no es cierto. Prefiero compadecerlos a condenarlos, porque si me tocara hacerlo a mí, los reclamos de la conciencia me estarían atormentado.

Mi conciencia tiene para mi más peso que la opinión de todo el mundo” (Marco Tulio Cicerón)

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Posted in: Opinión